Ni de la que eras cuando éramos una.
Jamás había hecho tal confesión,
pues, ¡Me declaro culpable!
De haberte asesinado sabiendo lo valiosa que fueron tus lagrimas
de odio y tristeza, y de vez en cuando, de alegría.
Culpable de que ahora estés mas vacía que la palabra "vértigo".
Culpable de los hematomas en la naturaleza de tu cuerpo,
los rasguños y la sequía de tu mar dulce en calma,
Que ahora se devuelven con la ley universal en la que nunca confié,
Karma.
Proclamo mi cadena perpetua o mi ejecución inmediata,
Ante esta constante pesadilla,
de que nada dolía mas que aquellas mil palabras,
mi constante abstinencia y vernos marchar distantes,
una y otra vez.
Me voy de estos infiernos querida,
te podés quedar con todas las jeringas,
las venas rotas,
la casa en llamas,
y mil poemas para ti, escritos de la felicidad pura,
con tiempo de adiós, sin "ojala" ni "hasta luego".